Como en Mendoza, la hinchada de River le arrojó petardos a Chilavert.
Los controles de seguridad fallan y las conductas
violentas están lejos de declararse en retirada. Una
conjunción que tiene paralizado al fútbol y que anoche,
en Liniers, volvió a manifestarse aunque se jugase
bajo el signo de la Confederación Sudamericana de
Fútbol.
Los riesgos tan temidos y los malos presagios
aparecieron en escena. Se habla de José Luis
Chilavert y de la hinchada de River, protagonistas
hace poco en Mendoza de un episodio lamentable,
cuando el arquero fue reemplazado porque una bomba
de estruendo le provocó una afección auditiva.
Anoche, durante el primer tiempo, se vivió otro capítulo
repudiable. La parcialidad de River, que ocupó la
cabecera Oeste, le anticipó el recibimiento al
paraguayo: arrojó dos bombas al área mientras el
arquero estaba en el sorteo.
Cuando fue a ocupar su
lugar, no respondió a los silbidos e insultos que
bajaban de la tribuna. No se tardaría mucho para la
siguiente página penosa. A los dos minutos, con el gol
de Cardozo, Chilavert festejó a su estilo, con los
puños cerrados y el gesto de revancha hacia la
cabecera visitante. Enseguida, la respuesta: otra bomba de estruendo, que cae a cuatro
metros de distancia del Nº 1 de Vélez, que cayó aparatosamente, en señal de estar
aturdido en el oído izquierdo. Se acercaron el médico Coppolechia y el cuarto árbitro,
Madorrán. Fue atendido durante un par de minutos y en diálogo con Madorrán y Elizondo,
Chilavert parecía advertirles: otra más y me voy. Hubo tres más, que detonaron lejos del
guardavallas. Mientras, un grupo de entre 25 y 30 policías ubicado en la parte baja se
mantenía inactivo.
La falta de fútbol no cambió el sombrío panorama: los barrabravas siguen ingresando bombas de estruendo que dan cuenta de controles de seguridad ineficaces.
Gastón Saiz