Argentina empató contra Chilavert
El arquero fue otra vez protagonista. Creó un clima a su alrededor, se metió
de nuevo en las polémicas acostumbradas, pero -a la hora del partido- terminó
siendo otra vez el héroe de su equipo. Su tiro libre decretó el empate,
agrandó su historia de arquero-goleador y mortificó a la Selección.
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Una imagen, al final de la noche.
Argentina no tiene nada que festejar,
y camina buscando el túnel. Paraguay
se lleva en andas al héroe, autor del
gol de tiro libre. |
Un "¡Prrriiii!" se escuchó en medio de un silencio de 70.000 mortales. El brasileño Antonio
Pereira Da Silva apuntó con su índice derecho el lugar de la tragedia. Al
instante, un hombre vestido todo de negro, bulldog rabioso en su pecho,
Chilavert en mayúsculas en su espalda, emprendió la carrera de 80 metros
sin vallas...
No iba solo, lo acompañó el sapukay de 15.000 compatriotas que empujaron
su anatomía. No iba solo, unos 20 fotógrafos empezaron la carrera paralela
por la pista de atletismo. Estaban detrás de su arco, pero la presunción
de ser partícipes necesarios de un ajusticiamiento con barrera lo llevaron
a acercarse al lugar del crimen. A las 18:51 del primer nublado de septiembre,
un hombre nacido en Luque, el mismo que dieciséis minutos antes había recibido
el oprobio de soportar un gol de tiro libre en el arco propio, fue a buscar
revancha en el particular partido Argentina-Chilavert. Se paró sobre la
derecha, recordó la misma cara que había visto aquella noche de lluvia en
Liniers, y se imaginó la escena.
Entonces se dio media vuelta y apuntó hacia el banco, como todos sus festejos
repetidos. Entonces levantó los brazos, fue pirámide para el grito, columna
para la montonera, explosión para los propios guaraníes, lexotanil para
nuestra gente. La famosa amenaza Chilavert había cobrado su primera víctima.
Muchos creyeron que él estaba muerto, cuando la comba de Batistuta se clavó
en su propio palo. Pero yerba mala nunca muere: fue a buscar venganza y
no sólo consiguió su propósito inicial: a partir de ese momento, una Argentina
débil en fútbol y ánimo terminó desparramada en el piso, con el empate clavado
en la noche, mientras el hombre que sigue haciendo historia se subió a caballito
de algún hombro para embolsar el punto por el que tanto había hecho... y
hablado.
Este José Luis Chilavert es muy distinto a aquél que hizo de su relación
con la Selección Paraguaya una telenovela con varios pedidos de divorcio.
El Paragua nunca fue una presa fácil de conquistar y, en medio del desorden
organizativo que tenía el fútbol de su país algunos años atrás, no es difícil
recordar sus declaraciones. Dijo después del 00 ante Argentina, en Buenos
Aires, por las Eliminatorias del Mundial '94: "No voy a jugar en la Selección porque es un caos. Me cansé de la desorganización.
El día que las cosas se armen en serio, volvemos a hablar..."
Y hablaron con el cacique, y el cacique aceptó. Dicen que arregló un premio
especial si se consigue clasificar para Francia '98. Por lo pronto, cobra
15.000 dólares por partido jugado, pero se tira al pozo mayor. Confianza
no le falta, como pudo notarse el día anterior al partido frente a Uruguay,
en el Centenario. Se le acercó Oscar Harrison, presidente de la Liga Paraguaya,
para acordar el premio por ese partido.
Mirá, José Luis, me parece que por el empate le podemos dar...
Perdón, Harrison, ¿cómo por el empate? ¡Nosotros vinimos a ganar.!
Bueno, está bien, pero si empatamos es un buen resultado.
Hagamos una cosa: arreglemos el premio, pero si ganamos, usted me da ese
Rolex que tiene en la muñeca.
No hay problemas, Chila. Si ganamos, te lo llevás...
En el vestuario del Centenario, José Luis Chilavert cambiaba de brazo uno
de los modelos más caros de reloj, valuado en 10.000 dólares. Así se maneja,
así se hace cargo de la presión, así ejerce el liderazgo. Porque lo siente.
Y porque le gusta cargarse con las puteadas. Su frase de cabecera no es
otra que: "Me gusta que me griten, que insulten. Eso quiere decir que soy importante".
Vaya si lo es, al punto de que fuera de la cancha Paraguay es él y 10
más. Tiren, nomás, dice Chila, que a mí me gusta jugar con la cancha embarrada.
Entonces le pusieron el anzuelo Ruggeri, y se despachó: "Es otro de los que buscan sobresalir hablando mal de mí. Yo no puedo colocarme
a su altura, él está en el final de su carrera. Cuando se retire, no creo
que sea el técnico de San Lorenzo, ya que es una institución muy grande". "¿Por qué no le pegaste?", le preguntó un pibe. "¿Para que me echen, perjudique a Vélez y pierda 5.000 dólares?", le contestó.
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Chilavert antes y después.
Cuando entró a reconocer
la cancha y el público
empezó a gritarle "
¡Ruggeri, Ruggeri!",
mostró sus testículos y
emitió el mensaje: "Tengo
unos huevos así de
grandes". Al final, con el
empate decretado, se
acercó a la tribuna de
15.000 compatriotas y
tiró su camiseta. |
Alguien le tiró el nombre de Maradona, para qué...: "Me quiere hacer un juicio porque se consideró agraviado por mis palabras,
cuando él es el primero en ofender. Dijo que me dedique a educar a los niños
paraguayos. Acá no atacó solamente a Chilavert, sino a todo un pueblo. No
me asusta que me inicie un juicio; si quiere guerra, se la daré..."
Faltaba un muñeco, el Mono Navarro Montoya, y siguieron los sopapos: "Yo no iría a Boca a pelearle el puesto. No puedo competir con él, si él
no existe. Una persona tiene que tener dignidad y orgullo. Si a mí algún
día me echan del club, nunca iría a golpear las puertas. Lo de Mac Allister
y Carrizo es más digno, demuestran la clase de personas que son y el camino
por el que van por la vida. Navarro Montoya demostró que, por 10.000 dólares,
da la cara por televisión y crucifica a cualquiera si es necesario".
Había llegado el lunes 26 de agosto a Asunción, y desde allí disparó sus
dardos de zurda. Siempre se sintió en el centro de la escena, y sus compañeros
lo asumen como tal. El miércoles 28 puso su pecho para recibir de mano
de Juan Carlos Wasmosy, presidente de la República la medalla de "Honor al Mérito Deportivo". Estaba en su salsa... Si hasta escuchó a unos 300 compatriotas que se
acercaron a los entrenamientos en Luque, su ciudad, el grito de "¡Chilavert Presidente!". El arquero, rápido de reflejos, respondió: "Para ser presidente del Paraguay, voy a depender de ustedes. Pero primero
tengo que ser intendente de Luque".
Allí había confesado su deseo de "tener un tiro libre cerca del área argentina. Se lo pido a Dios, por favor..." Y para eso se puso a practicar, hasta que una pelota blanda le hizo saltar
su espíritu guaraní: "Mavá agueruka kóa? ¿Passarella pió?" (¿Quién mandó esto? ¿Fue Passarella?)
Lo cierto es que el "Famoso Chilavert" había logrado su recurrente propósito: que hablen de él y, si en el medio
hay roña, mejor. Ya Passarella le había puesto unas fichitas a su ya superinflado
ego, cuando declaró que "Chilavert representa para Paraguay lo que Batistuta para Argentina". Ya el martes, en "El Equipo de Primera", tanto el conductor Fernando Niembro como el panel de jugadores, entregaron
todo un bloque del programa sobre el paraguayo. Ni siquiera la reacción
de Maradona, presente vía satélite desde Canadá ("Paremos de hablar de él, es paraguayo, ¡pensemos más en los nuestros!"), logró apaciguar la demanda. Paraguay no era el rival, el rival era Chilavert.
Y eso, al hombre de la película, le encantaba, al punto de que el propio
Batistuta, desde el bunker de Ezeiza, explotó cuando le preguntaron por
el arquero: "La verdad, no sé por qué se habla tanto de ese arquero, si en Europa no
lo conoce nadie. Estoy harto de hablar pelotudeces como éstas. Ojalá que
el domingo ataje Chilavert y ganemos 20 a 0..."
El domingo fue el día, entonces. Centimiles y audios, imágenes por vía
satélite, películas ya reveladas, daban cuenta del duelo entre la Selección
y un hombre. ¿Podía un solo jugador ponerle el pecho a una Selección valuada
en 70 millones de dólares? ¿Fue el periodismo el que creó el partido de
11 contra 1? ¿Era para tanto proyectar la historia de un partido pensando
en un tiro libre en el área de Argentina, en un zurdo que se cruza toda
la cancha, en un arquero que ya había recibido la afrenta en un Vélez-River,
cuando el paraguayo se acercó a 60 metros e hizo que su colega "estuviera cazando pajaritos"? Nadie sabe si eso fue poco, mucho o lo único que parecía que iba a pasar.
Y lo peor de todo es que pasó.
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Minuto 41: la comba de
zurda empieza a recorrer
el camino inexorable, la
cara de Chilavert está
palpitando el desenlace... |
Pero el muchacho nacido en Luque habría de tener, tres horas antes del arranque
de su partido tan especial, una reacción propia de quien está jugando con
fuego demasiado cerca del bosque. A la salida del plantel hacia el Monumental,
en el lobby del hotel Inter-Continenal, Chilavert se encontró con el pédido
de tres periodistas argentinos para hacer una nota: "¿Ahora les importa Paraguay? Si acá dicen que no existe...", se despachó el muchacho. Fue cuando Hugo Roseti, fotógrafo del diario
"La Prensa", escuchó la frase y le comentó a su compañero Jordi Canta: "No podés morderle la mano a quien te da de comer". El arquero lo escuchó, le increpó con un "¡¿Qué dijiste vos?!", antes de tirarle un cachetazo. Al final, lo separaron, y el muchacho de
la película se subió al micro, para bajar no podía ser de otra manera
primero en donde sea.
Chilavert se siente heliocéntrico, todo gira alrededor de su sol. Entonces
es capaz de montarse al show, como cuando entró encabezando la fila, por
favor a reconocer el campo de juego. Eran las 16:09 y unas 30.000 personas
ya poblaban el anillo del Monumental. En la popular y la platea guaraní,
fue recibido como quien lo hace con un Mesías. El resto empezó a silbarlo
primero y a gritarle "¡Ruggeri! ¡Ruggeri!" después. Para ambas cosas tuvo respuesta. Saludó cruzando sus brazos por
arriba de su cabeza; abrió y cerró los cinco dedos de su mano derecha, como
diciendo ("Ruggeri es un cagón"), antes de llevarse sus manos hacia su zona testicular y graficar con
el tamaño de una pelota- un mensaje que habría de leerse como "tengo unos huevos así de grandes".
Le tiraron una naranja, la agarrró y se la comió. Antes de retirarse, se
agarró de la campera con los colores de su bandera, la mostró a los hinchas
argentinos y se metió en el vestuario. Mañana, el mismo hombre tendrá que
seguir manejando un auto, caminando entre esa gente y viviendo en Buenos
Aires. En fin, parece que el muchacho se la banca, a juzgar por algunas
actitudes de compadrito de los años '30.
En el crepúsculo de la noche, cuando otra vez todas las voces buscaban su
voz, el muchacho empezaba su filípica bastante livianito: "Cuando hablaban mal de Chilavert, a mí me encantaba, no por orgullo mío,
sino porque dejaban tranquilos a mis compañeros. Mi gol de tiro libre es
una circunstancia del juego. Cuando uno trabaja honestamente, las cosas
salen bien." . Dijo que de Argentina no iba a hablar, porque "en este país están muy susceptibles conmigo", pero se le volvió a inflar el pecho cuando dedicó su gol a "los chicos de 'El Equipo de Primera' que me subestimaron toda la semana y porque no me vendo por diez lucas".
Desde su incontinencia verbal, su espíritu barrero y su estatura de enorme
jugador, José Luis Félix Chilavert González.
HUGO SUERTE
Notas: JUAN IGNACIO CEBALLOS